Me levantaba, como cada mañana, a la misma hora de todos los días. Me sentaba sobre la cama y con los pies aún desnudos intentaba encontrar las zapatillas.
¡Qué frío está el suelo! – Pensé mientras encogí de nuevo las piernas hacia arriba, por la fría sensación, claro.
Una vez colocadas las zapatillas en su sitio, pensé que lo mejor sería calentarme un poco con una buena ducha calentita. Y eso fue lo que hice. Raudo y veloz, a empezar bien la mañana.
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Iba directo hacia la cocina para prepararme el desayuno, pero antes, como todos los días, pasaba por la sala de estar, para correr las cortinas, y empezar el día como siempre desde los últimos más de 40 años, que yo recuerde. Poder ver mi estadio. Ese estadio en el que tantas alegrías he pasado, en el que tantos goles he celebrado, en el que tantas remontadas me han emocionado. Mi Santiago Bernabeu querido.
Agarré las cuerdas y empecé a tirar hacia abajo. La sala se llenó de repente de una preciosa claridad que hacía que todo lo que había dentro radiase de energía. Me asomé y allí estaba mi estadio. ¡Claro! ¡Qué tontería! ¿Donde iba a estar si no? Un estadio no desaparece así como así, por las buenas. Pero el caso es que hoy… hoy había algo diferente, algo que me llamó la atención. Había una gran fila de personas abajo, en el estadio, esperando para entrar… pero yo sabía que ese día estaba cerrado para el público y que tampoco había venta de entradas. Así que algo pasaba. Pero no sabía muy bien qué.
Tras contemplar atónito la escena durante un par de segundos sin poder reaccionar me dije a mí mismo que tenía que averiguarlo como fuera. No solía salir por las mañanas. Me gustaba quedarme en casa leyendo la prensa que todos los días me subía el portero, y luego, bueno, un poco de esto y un poco de lo otro hasta la hora de la comida. Ya me entendéis.
Así que, esta vez, después de desayunar y tener en mis manos el periódico, lo dejé sobre la mesa, cogí el abrigo, las llaves, y salí.
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Ya estaba a tan sólo unos metros de la fila, en la misma acera y me fijé en el hombre que estaba al final de la misma. Era mayor, como yo, de unos setentaytantos, o quizás algo más. Bajito, gordo, calvo y con tirantes. Y sobre todo, con cara de perro. Parecía tener cara de pocos amigos, o estar malhumorado, así que dudaba si sería buena idea preguntarle qué estaba ocurriendo. Pero me decidí y para allí que fui.
Hola. Buenos días. – Dije yo.
El hombre se giró, y con una sonrisa en la cara y una voz un poco ronca me devolvió el saludo. Me quedé aliviado al ver que era un hombre más bonachón de lo que en un principio parecía. Incluso parecía hasta simpático.
Oiga ¿para qué esta fila? – Pregunté yo.
¿No se ha enterado? Es para las elecciones – Me contestó.
¡Vaya! No sabía que se pudiera votar ya – Le dije yo sorprendido. – Hace muy poco que se ha ido el anterior.
Noooooo. Es para las elecciones, pero para presentarse a ellas, no para votar. – Me dijo el buen hombre mientras me daba una palmadita en el hombro.
Ah, vale… - Dije por un momento relajándome mientras aún no había recapacitado muy bien lo que me había dicho. – Esto… ¿cómo? ¿Para presentarse? – Dije de repente.
Sí, sí. Para eso estamos todos aquí. Y por lo que veo este año va estar complicado. – Dijo el hombre, siempre con una sonrisa de oreja a oreja. - ¿Usted también se presentará?
¿Yo? Eh… bueno… sí. ¡Digo, no! Bueno, no sé. ¿Qué se supone que hay que hacer? – Le pregunté. Y aún me pregunto todavía porqué le preguntaría eso si yo no estaba interesado.
Nada, hombre, esto es muy fácil. Usted sólo tiene que decir que ama al Real Madrid, que va a fichar los mejores del mundo… y bueno, presentar el aval.
¿El aval? – Pregunté yo.
Sí, la cuenta vaya. Es como si vas a un restaurante, y tienes que enseñar antes que tienes la billetera llena y que vas a poder pagar la comida.
Ah… ¿y de cuanto es?
Entonces el hombre se me acercó y me lo susurró al oído. Podéis imaginaros la cara que se me quedó. No era capaz de imaginarme tantos ceros. Pero yo, no sé muy bien porqué, le respondí con tranquilidad y con normalidad, como si fuera calderilla. Supongo que quería hacerme el interesante y seguir charlando con el hombre. Vamos, que le seguí el juego.
Oiga… ¿y conoce a alguno de los que hay aquí? – Le pregunté yo.
Síiiiiiiiii. ¡A muchos! ¿Ve ese hombre que está cinco personas delante de mí? El de la perilla y la corbata azul, digo. El que tiene un pin en la solapa del traje.
Sí, sí, lo veo.
Ese se llama Ángel, y creo que ese pin es de su actual club.
Ah, pero ¿ya tiene un club y quiere otro? – Pregunté yo sorprendido. – Qué avaricioso ¿no?
Sí, pero creo que dejaría el que ya tiene por este. Y cuatro personas más adelante, ¿ve a ese de pelo blanco, que no para de sonreír, y que parece que tiene un ojo mirando para Cuenca? Ese se llama Juan y hace relojes.
Bueno, dicen que hoy hasta el más tonto hace un reloj ¿no? – Dije yo para relajar el ambiente, y ambos empezamos a reírnos como si fuéramos amigos de toda la vida.
Ya le aseguro yo que ese de tonto no tiene un pelo, el que sí tiene cara tonto, es el otro Juan. Siete personas más adelante. ¿Lo ve? El que va con la carpeta verde.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete… Sí, sí, lo veo también.
Pues el tío va con una carpeta a todos lados y la lleva vacía. Je, je, je. Hay que ser tonto. Dicen que llevó algo de teléfonos y hace poco por Valencia intentó algo parecido a lo de ahora… pero nada, no tiene madera para esto.
Siga, siga, ¿conoce más gente? – Le pregunté yo esperando que así fuera.
Síiiiiii… Madreeeeeee si conzoco. ¿Ve el del mono y el casco en la cabeza?
¿Quién? ¿El que lleva en la mano un volante de coche arrancado?
Sí, el mismo. Ese se llama Carlos… pero ya te digo yo que ese no llega ni a la puerta. Cuando esté a unos metros seguro que algo le ocurre. – Me dijo el hombre con una sonrisa casi malvada.
¿Y ve, unas 6 personas más allá, un hombre joven, elegante y bien vestido? Ese se llama Eugenio, aunque los entendidos dicen que está algo verde para esto. – Me dijo como si no quisiera darle importancia.
Oiga… por cierto, el primero de todos parece que se encuentra algo mal, tiene los ojos cerrados, y así lleva ya un buen rato, como si se sintiera indispuesto.
Noooooo, tchhhssssssss. –El hombre no se porqué razón, me mandó callar y empezó a hablar en voz baja. – Ese no está enfermo, no. Ni cansado. Está meditando.
¿Meditando?
Sí, meditando, no sé si tiene poderes o qué pero lo llaman “El Ser Superior”. Es el que primero ha llegado a la fila.
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Tras estar un rato callados mientras nos fijábamos en el primer hombre de la fila, a ese que parecía incluso estar protegido por un aura blanca, proseguimos nuestra conversación.
Bueno, qué, ¿se presenta o no? – Me preguntó el hombre.
Mire, pues sí, sí que me presento – Dije yo decidido cuando sabía que en realidad no sería así.
Bueno, pues ¡que gane el mejor! – Me dijo mientras me ofrecía la mano para estrecharla.
¡Cierto! ¡Que gane el mejor! – Dijo el hombre que estaba detrás.
Estaba tan absorto en la conversación con el hombre que acaba de conocer, que no me había dado cuenta que ya no era el último de la fila. Ahora había detrás de mí un hombre, con pelo canoso, y que miraba por encima de las gafas. Nunca me han gustado las personas que miran por encima de las gafas. Así que después de verle, decidí no hacerle caso, y me volví hacia mi nuevo amigo, con quien todavía tenía estrechada la mano.
Oiga, buen hombre. Creo que no me he presentado. Yo me llamo Alfonso. – Le dije. - ¿Y usted?
Yo Juanito. Encantado.